Estaba yo sentado en un banco con mi amiga Patry en una plaza cualquiera, disfrutando del frío que calaba los huesos, cuando de repente aparecieron. Eran dos jóvenes guiris encorbatados y biblia en mano. Enseguida les calé pero ya era demasiado tarde, los teníamos encima, estábamos acorralados. Nos ofrecieron su mano y yo respondí con la mía helada. Esperaba que mi frío apretón de manos enfriará también su venta. Procuraría mostrar el mínimo interés y la máxima ausencia para que se dieran cuenta enseguida de que no era una presa fácil. Siguieron con sus técnicas de venta, presentándose y preguntándonos por nuestro nombre. Ella les pregunto que de donde eran y que si no eran de aquí (algo obvio por la pinta que llevaban). Ellos respondieron que eran de Estados Unidos. Uno de Texas y el otro de Minesota y que apenas llevaban unas horas en este país. Preguntados también por su edad nos dijeron veintiuno y veintidós años respectivamente. Yo pensé ¡tan jóvenes y ya les han lavado la cabeza!. Llegó la pregunta fatídica que me estaba temiendo y que era que si creíamos en dios. Ella, en su inocencia, respondió que Sí, vehementemente. Me llego mi turno de respuesta y dije que Sí, para no escandalizar a unas mentes tan cuadriculadas, pero que creía en un dios personal y sin religión. Después de eso se hizo el silencio y ví en sus ojos que se decían que se habían equivocado de clientela. Para finalizar le dieron a ella una tarjeta con un teléfono de contacto. Se ve que vieron que podía ser una posible buena candidata a la manipulación...
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